¿Picasso en la Edad Media? Cuando el dios de la modernidad flirteaba con el románico

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Un diálogo en el tiempo para meditar cómo a veces las supuestas antípodas no están tan alejadas.
Exposición en el MNAC de Barcelona

Hay dos fechas fundamentales para entender el gusto de Picasso por el románico. En 1888 las Ramblas, el espacio simbólico en la lucha por el dominio de Barcelona, se llenó de una extraña procesión de estatuas medievales. Esa manifestación de rostros hieráticos que acariciaban el aire libre era una reivindicación catalanista que enlazaba ese pasado con el presente para revalorizar un arte autóctono y original que los burgueses de la ascendiente Ciudad Condal sacaron a pasear para vincular el renacimiento del país con el legado que empezó a darle un nombre. 

Pocos años después el pintor malagueño aterrizó en la capital catalana. Permaneció en la misma hasta 1904, cuando marchó rumbo a París para ampliar miras e iniciar su permanente revolución del arte moderno. A lo largo del primer tercio del siglo XX volvió varias veces a Barcelona, la última en 1934 para no volver jamás a España. El penúltimo día de ese viaje visitó el actual Museu Nacional d’Art de Catalunya en compañía de su amigo Joan Vidal Ventosa y Joaquim Folch i Torres. El objetivo era conocer la sala dedicada a su obra, un proyecto que la inminente guerra civil y la dictadura arruinaron.
Durante ese recorrido Picasso admiró la fuerza de esos creadores anónimos que tallaron con aplomo las esencias del arte primitivo catalán. La prensa del momento captó sus entusiastas impresiones que mostraban la importancia del museo por contener en su interior un catálogo de piezas único en el mundo hasta el punto, según las palabras del genio, de ser un documento imprescindible para entender los orígenes del arte occidental."
 
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